La idea de María Pandora se hizo reincidente y a ratos se cristalizaba frente al flequillo.
Era sencilla.
Se trataba de la reunión de encantos, de juntar sentidos como quien hace pisto, mezclando lejanía con novedad, como hacen las burbujas con los besos.
El asunto del rincón era lo complicado, pero Maruja lo encontró un domingo por la noche en forma de cartel adornado con un número de teléfono. Era una vieja fábrica llena de aparatos que apenas nadie sabe usar, una ruina fantasmal con las formas del Pandora dibujadas en el aire.
Era el año de 1.995, hacía calor.
Los retales de aquella fábrica se llenaron de manitas, currucos y artistas variopintos hasta dejar las paredes moradas y la barra torcida. Mientras remataban el mostrador, buscamos por el nuevo continente libros desconocidos en el viejo.
Y buscamos Cava (o Champain, como se dice en Catalunya) del que no sale en los anuncios ni se encuentra en cualquier tienda.
Aprendimos a fabricar los cócteles que beben en el Caribe.
Inventamos otros y les pusimos nombre de gato.
A Octavio Romero se le ocurrió lo de confirmar el nombre de María Pandora al María Pandora.
Y a María Pandora le pareció bien.
Llamamos después a los que saben de artes para que nos enseñaran sus pinturas, sus poemas, sus inventos.
La puerta, que se llama Señora Ángela, se abrió con musiquilla verbenera y palomera el 10 de agosto aunque esperó hasta el 21 de septiembre para celebrar su cumpleaños número cero.
Desde aquel otoño hasta el próximo habrán pasado 28 mundos semestrales en los que hemos comprobado que los mojitos se llevan bien con el arte figurativo o que el cava congenia estupendamente con el teatro del absurdo.
Y que la poesía se sienta en cualquier mesa.
Las velas acompañan a ciertos recuerdos a medio gastar y reviven otros aun no comenzados. A veces se intuyen músicas que ponen cara de bobo en el rostro de los más listos y de los infectados del mal de la ternura. Pareciera que Louis Amstrong, Edith Piaff o Chavela Vargas estuvieran tomando algo por aquí.
Los malvas, morados, lilas o rosáceos se han ido alternando al ritmo que marcan los santitos del Pandora.
El diseño inicial y posteriores modificaciones son obra de Teófilo Menta, que buscó la calidez con detalles de estilo post antiguo y toques de color de estética Clasic-Coutreau. El repertorio de fotos de primera comunión o los altarcitos politeístas, las exposiciones variopintas y antiguallas dispersas que adornan los contornos complementados por las llamas de los velorios obtienen el preciso ambiente para pedir la penúltima sin remisión.
Por último (y a pesar del palabrerío),la historia del María Pandora es sencilla, repleta de sencilleces, sencillazas y coloquialismos.
Y así esperamos que siga siendo.